Me pareció oír que nombrabas mi nombre. Me pareció no, en realidad lo hiciste. Lo hiciste y fue tan mágico que no pude hacer más que quedarme durante unos segundos mirándote a los ojos, como mira comer a su dueño un perro fiel con la esperanza de que le lance un hueso. Entonces, sí, me miraste a los ojos y nombraste mi nombre. Y sonó tan dulce, que quisiera ponermelo como tono de despertador. Entonces sí, me miraste, me hablaste, me tocaste, me buscaste. Entonces sí, volviste a recagarme todas las esperanzas que estaban agotándose. No me dejes sola. No me dejes sola porque mi imaginación vuela. No me dejes sola porque entonces necesito buscarte y verte en acción, y verte brillar, y sonreír porque me gusta mucho tu luz.
Te observo desde lejos porque debería estar haciendo otras cosas pero estoy mirándote sin que nadie se de cuenta, ni siquiera vos. No puedo aguantarme las ganas y bajo las escaleras con cualquier excusa tonta como para pasarte por al lado, sonreírte, y que te sigas acordando de mi existencia. De mi nombre. De aquel que hasta hace unos minutos atrás habías mencionado, para mi sorpresa.
Y no puedo disimular que por dentro me quema todo cuando te paras a mi lado, que me sonrojo como una adolescente, que me muero por saber todo de vos. Y cuando me refiero a "todo" incluyo tus miserias, tus sueños, tus gustos y lo que no te gusta tanto.
Es tu risa que desarma todas mis tropas.
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