No sé si está muerto. No sé si murió alguna vez. No sé si está vivo, dormido o qué. No sé si seguirá existiendo o si alguna vez existió. Sé que intento callarlo. Sé que intento olvidarlo. Y seguir como si nada, porque no tengo más opción. Seguir, arrepintiéndome día a día de lo cobarde que fui al no jugarmela por el amor de mi vida hasta entonces Y quedarme ahí, sentada, mirando como se iba. Mirando como se alejaba y se despedía y yo sin hacer nada. Rompiendo en llantos una vez que lo ví doblar en la esquina y su sobra desapareció.
Hoy nos mantienen lejos muchos factores. Pero hay uno mucho más importante que cualquier otro: Una vida. Una vida se interpone entre nuestro reencuentro. (Reencuentro que yo creo en mi cabeza una y otra vez, como una escena en blanco y negro y en cámara lenta). Una vida que no nos une, si no al contrario, lo une con alguien más.
Sin embargo yo sigo buscando, queriendo, pretendiendo, olvidarlo en otros labios. En otras pieles que ni siquiera conozco, ni me hacen sentir querida, o amada, o especial, o todo eso junto como me lo hacía sentir la suya. Sin embargo yo sigo alimentándome de historias baratas para no querer afrontar el verdadero desafío que es, por fin y de una vez por todas, aceptar la realidad de estar lejos y separados. De no haber sido nada, pero haber sido todo. Nada para todos, y todo para mí.
Debería soltar, dejar de arrastrar, pero yo no controlo los sueños al dormir. Ni las emociones al leer. Ni mi corazón al escuchar canciónes que cuenten historias de amor. "Hace mil cien días que decías: Te devuelvo la sonrisa, juro no la robo más" y si con eso no resumo toda nuestra historia, entonces donde está la sonrisa (auténtica y no fingida. Rosada, radiante e inmenza) que solía tener con su presencia y que desapareció aquel Cuatro de Diciembre cuando al doblar en la esquina, su alma me la robó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario